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Cuando en 2002 los militares venezolanos derrocaron brevemente a Hugo Chávez, la región demoró poco en reaccionar. Vicente Fox, entonces presidente mexicano y el argentino Eduardo Duhalde, salieron a denunciar el golpe encabezado por el empresario Pedro Carmona y digitado desde Miami por el ex presidente Carlos Andrés Pérez.
La condena no fue debido a que hubiera algún tipo de aprecio por el inventor del experimento bolivariano. Lo que se buscaba evitar era el regreso de la pesadilla del golpismo militar de los años ‘70. La intentona, que tuvo apoyos y silencios internacionales notables, perdió peso también por un fallido de los conspiradores. Carmona no solo fue contra Chávez, sino que clausuró el Poder Judicial y el Parlamento. Construyó una dictadura clásica sin atenuantes.
Esos pasos llevaron a la extensión del repudio que acabó por incluir a europeos y norteamericanos y Chávez, que en un momento se había resignado al exilio, fue liberado del fuerte Tiuna, y regresó al poder tras 47 horas, lo que duró aquel golpe.
Este antecedente puede ser útil para construir una noción de lo que podría ocurrir hoy en la región si el gobierno de Donald Trump invade, como por momentos parecería su intención, el territorio venezolano para derrocar a Nicolás Maduro, el heredero mucho más ruin de aquel autócrata.
Esa posibilidad creció de manera exponencial en estas horas con el ataque de la flota norteamericana en el Caribe a una lancha que supuestamente viajaba desde Venezuela con drogas y 11 tripulantes que murieron en el acto. Una grave línea roja que cruzó Trump para exhibir que no habría límites hasta donde pretende llegar.
Mejor la prudencia
La historia aconsejaría, sin embargo, cierta cautela. Hay ejemplos para observar. El entonces presidente Bill Clinton, quizá por el apremio que significó para su administración el escándalo Lewinsky de 1998, lanzó en marzo del año siguiente un descomunal bombardeo sobre la ex Yugoslavia para derribar al genocida Slobodan Milosevic. El pueblo, aunque sufría a ese déspota, rechazó la invasión y los jóvenes se mostraban en las orillas del Danubio con dianas de tiro en el pecho en desafío a los aviones de EE.UU.. que atacaban el país.
El presidente demócrata Bill Clinton. REUTERS Fue una conmovedora protesta de un pueblo sufrido, pero que no aceptaba esa forma de acabar con su calamidad. Cuando EE.UU. se retiró en junio de ese año sin derrotar a Milosevic, que hasta se atrevió a inventar tanques de madera y cartón y soldados de arcilla para impresionar sobre la magnitud de un ejército que no existía, se produjo meses después una rebelión popular que acabó con el régimen. El genocida del pueblo bosnio terminó juzgado en La Haya y murió en la cárcel.
Aquel episodio bélico tuvo algunos otros contratiempos que vale mantener en el registro. Por un error de mapas, según la historia oficial, un misil norteamericano barrió la embajada de China en Belgrado, con parte del personal diplomático en su interior, incluyendo periodistas de la agencia oficial de Beijing.
Las explicaciones inmediatas ayudaron a que ese episodio no escalara como el peor desenlace imprevisto de la campaña en la ex Yugoslavia. Aunque los resentimientos siguen estando presentes, renovados con las visitas ceremoniosas que los altos dirigentes chinos realizan con frecuencia al sitio baldío donde se alzaba la sede diplomática.
Hay más pistas en la historia. En 1989, George W. Bush, hasta hace unos años, el presidente republicano más precario en la Casa Blanca, ordenó la llamada Operación Causa Justa. Consistió en la invasión a Panamá para detener a un dictador y ex potente aliado de la inteligencia norteamericana, Manuel Noriega. El objetivo se logró con numerosas muertes civiles.
Es el antecedente que más se cita para intentar homogeneizar lo que podría planificarse contra Maduro y su grey en Caracas. Noriega, como la charanga venezolana, estaba acusado de narcotráfico por la Justicia estadounidense. La intención era restaurar otro gobierno afín a EE.UU., con la derrota de este tirano que ya no podía ser protegido por Washington. Unos 24 mil soldados participaron en la operación, con reminiscencias de la fallida invasión sin uniformes en Bahía de Cochinos en abril de 1962, la Cuba del castrismo recién llegado, durante el gobierno de John F. Kennedy.
Trump y su canciller calificaron ahora de terroristas a los once muertos en el ataque en el Caribe, y los identificaron como pertenecientes al Tren de Aragua, una mafia con origen venezolano. También ha denunciado al Cartel de los Soles que ampararía el régimen chavista y sería el principal exportador de drogas a EE.UU. Hay algunas dudas en el episodio.
Incógnitas sobre el bombardeo
No es claro por qué los delincuentes no fueron arrestados como hace frecuentemente la Prefectura norteamericana. También aparece la incógnita de por qué irían 11 en una lancha que pueden conducir dos individuos o tres. The New York Times sugiere la posibilidad de que podrían haber sido migrantes en manos de traficantes de personas. Queda además para el archivo, la polémica sobre la legalidad del bombardeo que no tiene precedentes en una persecución de esta naturaleza.
El republicano George W. Bush ReutersAquellas denuncias de la Casa Blanca sembraron el terreno para justificar una ofensiva de esta envergadura en tanto el narcotráfico amenaza la seguridad nacional norteamericana y entraría en las cláusulas de una orden secreta que en marzo firmó Trump con autorizaciones sin límites al Pentágono.
En Venezuela no todos los críticos duros de la dictadura coinciden con esa descripción sobre el potencial narco del régimen y temen más bien el espejo de la ex Yugoslavia si hay una invasión. Informes oficiales de EE.UU. citados por la prensa de ese país y coincidentes con otros de la ONU, señalan que Venezuela movía en 2020 hasta 250 toneladas métricas de cocaína, entre el 10 y el 13% del total global. Pero Guatemala, por ejemplo, trasegaba hasta 1.400 toneladas de esa droga.
Hay otra dimensión que expone el grave suceso del mar Caribe. El ataque pareció armado como una demostración de fuerza de EE.UU. en su legendario patio trasero. Pero la acción palidece frente a la que, casi en las mismas horas, se escenificaba en China con la alianza entre el presidente Xi Jinping, el autócrata ruso Vladimir Putin y el dictador norcoreano, Kim Jong-un, una demostración de que el poder real por lo menos ya no está solo en lo que se suele sintetizar como Occidente.
El autócrata ruso Vladimir Putin, el premier indio, Narendra Modi y el líder chino, Xi Jinping. APTrump, en la rueda de prensa que anunció el ataque a la lancha narco, tenía un ojo o quizá mucho más en Asia y reprochó a Putin su presencia en ese evento y luego escribió irónico e irritado al ruso y al norcoreano, “mis saludos, sigan conspirando contra EE.UU.”
No es claro qué esperaba el republicano de estos dictadores que percibe cercanos. Putin subrayó en su discurso en el Foro de Shanghái que es con China que pretende construir “una nueva gobernanza mundial”, en relevo de la agenda occidental, aspiración que no es nueva y merecería centralidad por parte de EE.UU. para preservar alianzas clave. Pero acaba de perder nada menos que a India por el maltrato arancelario. Impactó observar al premier de ese país, Narendra Modi, caminando tomado de la mano de su antiguo rival, el líder chino.
Es importante notar que el mensaje de ese encuentro, además del poder que resume, es que la estrategia de seducción al autócrata moscovita para apartarlo de China, como imaginaba la Cancillería de Marco Rubio, no entra en las posibilidades. Por cierto, en su reciente cita en el Salón Oval con el colega surcoreano, Trump presumió con un incómodo exceso también sobre su supuesta fluida relación y cercanía con el dictador de Pyongyang, pero tampoco ahí se nota que existan dudas sobre los bandos a elegir.
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