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La desconcertante política exterior de Donald Trump

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Los críticos de Donald Trump con cierta ironía afirman que cuando el líder republicano se prepara a jugar a las damas, sus rivales lo desconciertan con un jaque mate con blancas en ajedrez. Quizá no sea para tanto, pero existe una cuota seria de desorientación que es probable que no se deba solo a la mayor habilidad de aquellos adversarios. Nace de una debilidad en el formato con el cual el mandatario norteamericano maneja tanto la economía como la política internacional de su país, espontánea, sin preparación detallada y saldada muchas veces con medidas inconsultas y avaladas por un séquito elegido para consentir.

En sus dos fallidas negociaciones con el dictador norcoreano Kim Jong-un, en 2018 y 2019, el líder norcoreano obtuvo un inesperado reconocimiento internacional, se liberó del acoso de las maniobras militares frente a sus costas y no cesó el desarrollo de sus arsenales ni desactivó su tono agresivo. Lo interesante es que Trump se refirió a esas maniobras, que también rechazaban Beijing y Moscú, en un tono casi solidario con los deseos y hasta con el lenguaje de Kim al calificarlas como “juegos de guerra.. muy provocativos … e inapropiados”. Pero para Trump la escena lo era todo. La foto con el dictador en Panmunjan, en la frontera desmilitarizada entre las dos Coreas, lo colocaba en la galería junto al Richard Nixon del encuentro con Mao Tse Tung, al Ronald Reagan de las discusiones con Mijail Gorbachov y, muy especialmente, al Barack Obama del temprano Premio Nobel de la Paz.

Kim, asesorado por Beijing, aprovechó esa necesidad patológica de trascendencia del presidente para sus propósitos. En ese camino pasó de detestable dictador que masacra a su propia gente a estadista “talentoso” que puede sentarse en igualdad de condiciones con el timón de la mayor potencia global. Lo mismo ocurre ahora con Vladimir Putin, por cierto aliado íntimo de Kim.

Trump con el dictador norcoreano, Kim Jong-un en Panmunjom en la frontera desmilitarizada entre las dos Coreas. Foto APTrump con el dictador norcoreano, Kim Jong-un en Panmunjom en la frontera desmilitarizada entre las dos Coreas. Foto AP

La invitación a reunirse en Alaska, Estados Unidos, la primera en una década, configura una extraordinaria jerarquización de un autócrata apartado políticamente del mundo por su guerra de agresión contra Ucrania, pero esencialmente por lo que significa ese conflicto para la seguridad europea y mundial. Un asesor profesional difícilmente hubiera sugerido semejante decisión que no pocos analistas equiparan hoy con el mal paso de Neville Chamberlain que confió en la palabra de Hitler en Münich, en los umbrales de la Segunda Guerra.

Putin, mucho más hábil negociador que lo que presupone de sí mismo el norteamericano, buscó esta salida, ignorando la amenaza de sanciones, multiplicando su presión bélica sobre Ucrania y manipulando al enviado especial de Washington, Steve Witkoff, para volver al punto de partida y dejar la pelota del lado de Ucrania. El mensaje fue el compromiso del autócrata ruso al vehemente presidente norteamericano de que Moscú está dispuesto a cesar la guerra. Si el líder ucraniano, Volodimir Zelenski, se niega a entregar los territorios tomados o los restantes que reclama el Kremlin como prenda de ese final del conflicto, ahí estará el responsable de que no haya paz.

Por cualquier duda, Trump días antes de la cumbre de este viernes volvió a fustigar a su colega de Kiev al condenar que Zelenski haya planteado que la Constitución ucraniana impide la entrega de territorios. “O sea consiguió la aprobación para entrar en guerra y matar a todo el mundo, pero necesita una autorización para intercambiar territorio”, afirmó. Otra vez la noción de que fue Ucrania la que inició la guerra y no al revés.

Presión europea

El establishment europeo, que tiene una idea más clara de la importancia existencial de este conflicto para el orden occidental, creó un anillo sanitario alrededor de Zelenski y sus derechos. El retiro de las tropas y las seguridades futuras para el país agredido, son las condiciones para el alto fuego previas a cualquier discusión sobre intercambios territoriales, sería la idea transmitida a Trump el miércoles en una llamada a la Casa Blanca de los lideres del bloque. Al menos es claro que el magnate escuchó el mensaje de que no será sencillo ignorar a Ucrania.

Kiev y sus aliados europeos han reaccionado con comprensible horror al conocerse que esta cumbre nació después de un encuentro de Witkoff con Putin, en la cual el enviado norteamericano, que no es un diplomático sino un agente inmobiliario amigo de Trump, concordó con el autócrata en que Ucrania ceda lo que queda de las regiones de Donetsk y Luhansk a cambio de silenciar los cañones. Naturalmente, el líder del Kremlin ha promovido la idea de ganar terreno sin luchar y ha encontrado un receptor dispuesto en Witkoff, quien en el pasado ha mostrado una comprensión relajada de la soberanía ucraniana y de la complejidad de pedir a un país, en el cuarto año de su invasión, que simplemente abandone las ciudades que ha defendido con miles de hombres”, señalaba un reciente análisis de The New York Times.

Si se observa el arenero militar, la cumbre de Alaska se realiza con Rusia mucho mejor plantada en el frente, particularmente por la ayuda que EE.UU. brinda a cuenta gotas a Ucrania y que Europa aun no logra balancear. Moscú tiene casi en un puño dos ciudades clave de Donetsk, Pokrovsk y Kostiantynivka. Pero hay otro gran sector de ese territorio que controlan los ucranianos, y es la parte que Rusia no ganó en el frente pero demanda en la negociación bilateral privada con Trump, sin Europa y sin Ucrania. No hay nada claro sobre qué sería lo que Rusia cedería.

Putin exige que Kiev se desprenda de cuatro regiones del este y del sur que afirma haber anexado a finales de 2022, a pesar de que una gran parte de esos territorios permanece bajo mando ucraniano. Y quiere el control total de las regiones orientales de Luhansk y Donetsk, que desde hace tiempo bombardea con enorme intensidad. Por supuesto, también Crimea que tomó en 2014. Ceder Luhansk y Donetsk, dejaría a Ucrania sin una area estratégica industrial que Rusia podría utilizar como plataforma para reavivar la guerra, además de que significaría abandonar su principal línea defensiva en el norte de Donetsk, que hasta ahora ha resistido los ataques rusos.

Socios. El autócrata ruso, Vladimir Putin y el dictador norcoreano, Kim Jong-un. Foto APSocios. El autócrata ruso, Vladimir Putin y el dictador norcoreano, Kim Jong-un. Foto AP

“La fórmula más precisa para resolver este litigio debería constituir una acción unida de los dos lados del Atlántico, con un paquete mayor de sanciones contra el Kremlin atento a la recesión que sobrevuela Rusia para obligar a una derrota y retirada que alcance como precedente”, señala un diplomático europeo a esta columna. “No haberlo hecho y por el contrario elevar a Putin a una cumbre bilateral, premia a Moscú al margen de lo que se proclame políticamente después de la cumbre”, añade.

El líder ruso ha buscado la negociación a solas con EE.UU. porque su prioridad es reanudar los vínculos comerciales y mejorar los diplomáticos, discutir sobre el Ártico, la situación geopolítica y los acuerdos nucleares dentro de una extensa agenda que, sí, también incluye a Ucrania. Ha propuesto otra cumbre en Moscú de ambos presidentes como correspondería a dos líderes supuestamente equivalentes del planeta. Esas prioridades y la concepción compartida de la reaparición de las “esferas de influencia” del siglo pasado, son ejes de una geopolítica futura que deja a Ucrania en una banquina lateral, como una pieza en un amplio rompecabezas.

De ahí que Rusia no tiene empacho en reclamar que Kiev tenga un gobierno bajo influencia moscovita, sin acceso a la OTAN, sin ejércitos extranjeros de apoyo y sin autonomía. Es su patio trasero. La desconcertante política exterior de Trump parece avalar esos abusos. El reciente ciberataque ruso a una represa en Noruega, apenas un ejemplo, muestra sin matices el horizonte que imagina Putin.

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