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La paz esta otra vez en peligro. Las cosas no deberían volver hacia atrás, pero todo el escenario exhibe una absoluta fragilidad. Muchos jugadores apenas se alinean con el acuerdo de paz en Oriente Medio y hay temores tanto en Gaza como en Israel de que todo recomience, como sucedió en marzo pasado. Un tema central es que no hay constatación inmediata de que Hamas acepte desarmarse, condición clave para alejar el espectro de una nueva guerra. Nada puede ser reconstruido en el enclave sin esa garantía.
También es vidriosa la salida del ejército israelí de la Franja. A ello se suma el desorden con los cadáveres de los rehenes israelíes que esa banda terrorista tomó en el asalto del 7 de octubre de 2023. Un horror sobre el anterior, que le da pretexto ahora a los extremistas del lado israelí para intentar derribar el acuerdo y poner a salvo su ambición anexionista.
Hay razones para comprender las dificultades con los cuerpos. La Cruz Roja lo había anticipado, incluso el propio Donald Trump en un mensaje desde la Casa Blanca en los días iniciales de las conversaciones respecto a que mucho no aparecerían. La ONU afirma que hay 55 millones de toneladas de escombros en toda Gaza, con 92% de los edificios desplomados. Pero el tema de los rehenes sin vida tiene un fuerte costado político. Israel está retrocediendo de los compromisos para abrir rutas de abastecimiento de víveres, medicamentos y combustible a la población civil de la Franja debido a la demora en la devolución de estos muertos.
Ya uno de los potentes ministros integristas del gabinete de Benjamín Netanyahu, el titular de Hacienda, Bezalel Smotrich, ha vuelto a defender el uso el ejército para rescatarlos, es decir, el regreso a la guerra. No es una voz solitaria.
Es una situación complicada para el premier. Debió aceptar a regañadientes este pacto que impuso todo lo contrario a sus planteos, pero le brindó una oportunidad de atribuirse, como lo ha hecho, el impacto social del fin del conflicto para intentar mantener el poder en las elecciones del próximo año. Un objetivo difícil si el país está combatiendo y sin los rehenes de regreso. Mientras Trump era ovacionado esta semana, el premier recibía abucheos. Son votos en contra a reconquistar.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, saluda al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en la Knesset, en medio de un acuerdo de alto el fuego e intercambio de prisioneros y rehenes negociado por Estados Unidos entre Israel y Hamas. Foto ReutersHay observadores que reducen la gravedad del panorama, sosteniendo que es inevitable cierto descalabro en los primeros pasos de un acuerdo de cese. Esa visión se sostiene, además, en que los aliados árabes de Trump difícilmente acepten resignar esta oportunidad histórica. Terminar la guerra es un capital central para activar una amplia serie de proyectos políticos, diplomáticos y económicos que apuntan a una transformación radical de la geopolítica de la región.
Ese trasfondo explica que este acuerdo haya logrado avanzar. Como ya señaló esta columna, Joe Bien, que había armado esta propuesta el año pasado, no logró defenderla. Su entonces canciller, Antony Blinken, aceptó que esa Casa Blanca no tenía lo que tiene la de Trump, que es la alianza con las potencias árabes. Hay, es cierto, un universo que aletea en esos vínculos.
Es interesante notar, por ejemplo, que en la ceremonia de Sharm el Sheikh, en Egipto, que consagró los acuerdos, estaba presente buena parte de los signatarios de una ambiciosa iniciativa destinada a competir con la Nueva Ruta de la Seda de China, con la que el gigante asiático por medio de grandes obras públicas agilizó su comercio hacia Occidente. Este proyecto rival es el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa conocido por sus siglas IMEC. Su objetivo es crear una vía de comercio moderno por mar y tierra que conecte la India con Europa a través de Oriente Medio, aprovechando puertos, redes ferroviarias, autopistas e infraestructura digital.
Los países signatarios son India, que dio origen al proyecto, EE.UU. y sus socios regionales Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. A ellos se suman Francia, Alemania e Italia y, por encima, la Unión Europea. También Turquía y Grecia lo respaldan. Según sus auspiciantes, el proyecto aspira a transformar los mapas comerciales globales, ofrecer alternativas más allá del Canal de Suez y mejorar la seguridad energética y de suministro de Europa.
EE.UU. coloca este proyecto como parte y ampliación de los exitosos acuerdos de Abraham que en su primera presidencia acercaron a las naciones árabes a Israel. Esos convenios los gestionó el yerno del mandatario, Jared Kushner, hoy uno de los negociadores clave de la actual declaración de paz junto al enviado especial de la Casa Blanca, Steven Witkoff. Esa presencia en las conversaciones vigilaba algo más que el deseo humanitario por el cese de las hostilidades en Gaza.
Aquellos países del Golfo, además de aliados estratégicos de EE.UU., son socios comerciales de la corporación Trump que posee ahí hoteles de siete estrellas, condominios de lujo y campos de golf entre otras inversiones. Cuando hablamos del carácter transaccional del magnate republicano se debe mirar, también, en esos negocios. Por caso, en diciembre pasado, Eric Trump, hijo del mandatario y vicepresidente de la Organización Trump, lanzó en Arabia Saudita un nuevo proyecto junto con la promotora inmobiliaria saudita Dar Global: la Torre Trump de Yeda. Un rascacielos residencial de lujo de 47 pisos sobre la costa del Mar Rojo, justo en la ruta del corredor IMEC, cuya construcción demandará una inversión de 530 millones de dólares.
Este ambicioso corredor reserva otras características en un arenero que debería ser radicalmente diferente para que pueda ser posible. La tensión militar en la región, por los enfrentamientos entre los extremistas de Hamas que se introdujeron en la cuestión nacional palestina como agentes de Irán y cometieron la masacre del 7 de octubre de 2023, y la respuesta militar de Israel con las características que conocemos, trabó el camino de este ambicioso proyecto, no el único por cierto, pero ilustrativo de cómo piensa el futuro ese sector del poder mundial.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (der.), recibe al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington, Estados Unidos, el 3 de mayo de 2017. Foto ReutersAlcanza con observar el mapa de la iniciativa que describimos. Las conexiones ferroviarias que la incluyen contemplan una muy importante hacia Jordania que debería cruzar Cisjordania, es decir por territorios palestinos. Ya en 2024 Netanyahu había calificado como “una bendición para Oriente Medio” este corredor, pero es presumible que sus cálculos para hacerlo posible hayan diferido de los que planeaban sus autores.
Un control total de los territorios, como sugirió el premier de la mano de sus ministros más ortodoxos, incluso con la intención de remover sus poblaciones originales, garantizaba una extensión constante del conflicto, no lo contrario. Perjudicaba, además, su desprecio a una solución de dos Estados. Es lo que sostiene, en cambio, la declaración de paz al incluir claramente a los dos pueblos sin Hamas, por cierto; la protección de la soberanía palestina de los territorios y una reconstrucción carente de riesgos del enclave.
De ahí, se puede entender el reto sonriente de Trump a Netanyahu, a quien le remarcó en pleno Parlamento israelí que “serás recordado por esto mucho más que si hubieras seguido así matando y matando”. También el encomio que la declaración hace de la necesidad de una paz entre ambos pueblos para que puedan “prosperar con la protección de sus derechos humanos fundamentales, la garantía de su seguridad y el respeto de su dignidad”.
Tono claro de adónde apunta este eje de poder económico con el detalle de Trump saludando al presidente palestino Mahmoud Abbas en Sharm el Sheik, cita en la cual no estuvo el líder israelí. Curiosidades a explorar en un diseño muy provocador de quienes ven mucho más allá que la paz en el orden que pretenden.
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