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El 7 de noviembre de 1975, después de varias semanas de agobiante deterioro físico e insoportable dolor, el equipo médico que trataba a Francisco Franco finalmente decidió que dejara la sala de primeros auxilios del Palacio de El Pardo, donde se lo trataba hasta ese momento. Y en una ambulancia militar lo llevaron a la Ciudad Sanitaria La Paz. “Qué duro es morir”, alcanzó a murmurar Franco, en uno de los escasos momentos en que pudo recuperar la conciencia y el habla.
No hubo mucho para hacer, el final era inexorable. El parte médico oficial indicó que Francisco Franco, el “Caudillo” de España, el “Generalísimo” y cuántos títulos pudieran agregarse “ha muerto a las 5.25 de la madrugada del 20 de noviembre de 1975. La causa fue un shock endémico provocado por una aguda peritonitis bacteriana, disfunción renal, bronconeumonía, paro cardíaco, úlcera de estómago, tromboflebitis y enfermedad de Parkinson”.
Cinco horas más tarde, Carlos Arias Navarro, a cargo del Gobierno, leyó por televisión el “testamento político al pueblo español” que el dictador había redactado, diciendo de sí mismo que era “un hijo fiel de la Iglesia” y que había querido “vivir como católico”.
Allí Franco escribió: “Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos sin que yo los tuviera como a tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España”. Pero advertía: “No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización están alerta”.
Francisco Franco, en una imagen sin fecha. Foto: APAquellas palabras de piedad fueron las únicas que, al menos públicamente, se le conocieron. A lo largo de su vida, que abarcó desde sus primeras incursiones como comandante en el Africa hasta una Guerra Civil que provocó un millón de muertos (1936-1939) y una dictadura que ejerció por casi cuatro décadas, no se le conoció ningún gesto de compasión. Ni siquiera con ex compañeros de ruta ni, mucho menos, con los enemigos. La compasión no figuraba en su léxico.
Entre 300 mil y 500 mil personas desfilaron en los días siguientes junto a la capilla ardiente, en el Palacio de Oriente, en Madrid. El 23 de noviembre sus restos fueron trasladados al Valle de los Caídos y solamente un jefe de Estado conocido, el tirano chileno Augusto Pinochet, acudió al funeral.
Hoy, transcurrido medio siglo, la figura, el liderazgo y el declive de Francisco Franco es un tema de historiadores antes de que analistas de la actualidad. España es “otro mundo”, plenamente incorporado a la comunidad europea y apenas guarda vestigios de “franquismo”. Ni siquiera el reverdecer de una derecha extrema como Vox apela a los nostálgicos del Caudillo.
Henry Kissinger había previsto que “España esperaba que acabara una vida para reincorporarse a la historia de Europea”.
El Valle de los Caídos, donde fue enterrado Francisco Franco tras su muertes. Foto: APEl golpe fallido de 1981
Y el último de los ramalazos franquistas fue el intento de golpe en 1981, el famoso Tejerazo, aplastado luego de una decisiva intervención del rey Juan Carlos quien, junto a figuras de todo el arco político español (desde Adolfo Suárez hasta el socialismo de Felipe González y el eurocomunismo de Carrillo) fueron fundamentales para establecer una democracia sólida. En los años 80, España tuvo un gobierno socialista por primera vez desde el 36, ingresó en la OTAN y en la CEE (hoy Unión Europea”).
Pero según escribe el historiador británico Ian Kershaw, en su reciente obra «Personalidad y Poder», “No obstante Franco había dejado en la historia de España una señal indeleble. Mientras el país experimentaba su transición desde la dictadura a la democracia, las heridas derivadas de la época de Franco eran demasiado profundas para arriesgarse a que se abriesen de nuevo. La democracia todavía era frágil. La policía, el poder judicial y la Guardia Civil seguían sin reformar. Persistían los temores de la izquierda a una nueva dictadura. El pragmatismo y la búsqueda de cierta forma de consenso tuvieron prioridad sobre los ajustes de cuentas con el pasado. Recién a principios de este siglo comenzó la recuperación de la memoria histórica y se empezaron a derribar estatuas de Franco”.
Aquel sepulcro de Franco en la basílica del Valle de los Caídos –un controvertido monumento, levantado por miles de prisioneros republicanos en los años 40- fue un sitio de peregrinación anual para franquistas y falangistas hasta que se prohibió en 2007. Los restos de Franco fueron exhumados allí en 2019 y trasladados a un mausoleo familiar.
“Franco ejemplifica el caso de un individuo con reconocidas cualidades como comandante militar, pero sin experiencia como líder político, que saca provecho de las circunstancias históricas que le permitieron primero tomar el poder y luego seguir adelante para hacer su propia historia”, describió Kershaw.
El teniente coronel Antonio Tejero cuando irrumpió, pistola en mano, en el Congreso de los Diputados de España, en febrero de 1981. Foto: EFEEntre las múltiples biografías sobre Franco –desde sus panegiristas hasta sus detractores- sin dudas que una de las más notables y completas es obra de otro historiador británico, Paul Preston.
La última reedición abarca 1.700 páginas y es un detallado paso a paso de aquella vida que comenzó en 1892 en El Ferrol, una pequeña ciudad de Galicia, y que lo convertiría en el general más joven de Europa y, por una suma de ¿casualidades?, en el jefe de la sublevación contra el gobierno republicano en julio de 1936. Aquello derivó en la Guerra Civil que, también (y por la participación de las potencias), pudo interpretarse como un ensayo de la Segunda Guerra Mundial… una guerra a la que Franco –acaso por intuición- trató de mantenerse al margen o intervenir poco, más allá de su declarada alianza con Hitler y Mussolini.
Para Preston “Franco será recordado ante todo por su implacable dirección del esfuerzo de guerra entre 1936 y 1939, por la determinación con que buscó la aniquilación sistemático de sus enemigos de izquierda y posteriormente, por su férrea voluntad de supervivencia. Sus rasgos distintivos fueron una astucia instintiva y la sangre fría imperturbable y desabrida con que manipuló las rivalidades entre las fuerzas del régimen y derrotó los desafíos desde quienes desde Serrano Suñer hasta don Juan, serán superiores a él en inteligencia e integridad. Los logros de Franco no fueron los de un gran benefactor nacional sino los de un hábil manipulador del poder que siempre atendió a sus propios intereses”. Salvador de Madariaga explicó: “El más alto interés de Franco es Franco. El más alto interés de De Gaulle es Francia”.
La decisión de sublevarse contra la República no fue de Franco, pero se sumó enseguida al mando de las tropas en Marruecos. Y una vez en territorio español, avanzó rápidamente mientras los otros jefes nacionalistas eran derrotados por los republicanos. A Franco se le abrió el camino al poder: dos de los principales jefes, Joaquín Fanjul y Manuel Goded, fueron fusilados por el gobierno. Y el general Mola, el único rival que le quedaba en el ejército, no progresaba frente a los republicanos.
Entre los jefes civiles de la derecha también Calvo Sotelo y José Primo de Rivera también habían muerto. Y Franco tenía otra carta: el nexo con los alemanes, para recibir los suministros bélicos. El 21 de septiembre en una reunión de generales destacados se decidió que Franco fuera el comandante supremo (generalísimo) de las fuerzas nacionalistas. Luego logró una importante victoria propagandística al frenar el asedio a la fortaleza del Alcázar de Toledo. Y al día siguiente, Mola y los otros generales aceptaron que Franco sería “jefe de gobierno mientras durase la guerra y asumiría todos los poderes del nuevo estado. El 1 de octubre, ante una multitud, le entregaron “los poderes absolutos del estado”.
El entonces príncipe Juan Carlos de Borbón (futuro rey) y el General Francisco Franco, en un desfile militar en junio de 1971 en Madrid. Foto: AFP Desde allí empezaron a llamarlo “caudillo”. “Esta adulación complacía al ya desmesurado ego de Franco -escribe Kershaw- que se complementaba con los responsables eclesiásticos que lo consideraban jefe de una cruzada en defensa de España y la fe católica y en contra del ateísmo y la barbarie de la República. Esto encajaba con su creencia de que tenía una imperiosa misión patriótica encargada por Dios. Sentía que había sido escogido por la divina providencia como salvador del país”.
El 1° de abril de 1939, luego de la caída de los últimos bastiones republicanos, Franco anunció el final de la Guerra Civil.
Los vínculos de Franco con el nazismo
Para España, serían décadas de oscurantismo, persecución, pobreza y aislamiento internacional. Con la Guerra Fría, Estados Unidos y Occidente comenzaron a “disculpar” los anteriores vínculos de Franco con el nazismo y a considerarlo en el campo aliado ante la “amenaza soviética”. Un cambio generacional lógico desde comienzos de los 60, con la llegada a puestos oficiales de jóvenes tecnócratas que no habían atravesado la Guerra Civil, insinuó la posibilidad de cambios políticos que nunca se concretaron. Franco fue inflexible.
Kershaw sintetiza ese proceso: “A medida que las décadas fueron pasando, el propio ímpetu de Franco para gobernar se desvaneció mientras se aferraba tenazmente al poder. Su interés en el trabajo duro cotidiano del gobierno disminuía mientras dedicada más tiempo a disfrutar de sus aficiones: cazar, pesar en alta mar o, en los últimos años acuciado por una salud precaria, ver televisión y hacer quinielas de fútbol. En cualquier caso la dictadura seguía funcionando entre otras razones porque satisfacía los intereses de la clase dominante española mientras que la conformidad de la mayoría de la población se sustentaba en un mejor nivel de vida por el tardío crecimiento económico. Por otro lado, Franco conservaba la bien recompensada lealtad de los militares y el aparato de seguridad”. Y agrega: “No obstante estaba cada vez más claro que las fuerzas modernizadoras estaban superando al desfasado autoritarismo del sistema. Como lo reconocían las elites, estaban dispuestas a establecer un nuevo tipo de relaciones con el estado una vez muriese Franco, si bien procuraron asegurarse de que la democracia pluralista bajo la restaurada monarquía seguiría satisfaciendo sus intereses”.
A la muerte de Franco en 1975 España empezaba lentamente a alcanzar el progreso económico de otras partes de Europa. De todos modos, el visible crecimiento de los últimos años se debió poco o nada a sus iniciativas: más bien reflejaban ciertas tendencias internacionales.
Familiares de Francisco Franco llevan el féretro, tras la exhumación y el traslado del cuerpo desde el Valle de los Caídos, en San Lorenzo de El Escorial, en octubre de 2019. Foto: REUTERS Franco cumplió 80 años el 4 de diciembre de 1972. Recuerda Paul Preston: “La grabación de su mensaje de fin de año tuvo que ser interrumpida varias veces para que descansara. Cuando se emitió, Franco apareció con aspecto decrépito y notablemente más envejecido que un año antes. Con una voz que se quebraba y frecuentemente se desvanecía hasta resultar inaudible, aseguró que continuaría indefinidamente en el poder: ‘Aquí me tendréis, con la misma firmeza de años atrás, el tiempo que Dios quiera pueda seguir sirviendo los destinos de la patria’. Semejante declaración tenía pocos visos de realidad dados los síntomas de Parkinson que ya no podían ocultarse”.
El yerno, personaje clave en el tramo final
Visto a la luz de la historia, medio siglo después, lo que siguió resulta hasta sorprendente. Más allá de las cuestiones de gobierno –incluyendo el asesinato de su sucesor Carrero Blanco por la ETA, la represión posterior, la ejecución de anarquistas catalanes por garrote vil en 1974- sorprende el pésimo tratamiento médico en medio de su deterioro.
Era clave el rol de su yerno, el marqués de Villaverde enfrentando a los médicos. Villaverde hizo echar a Vicente Gil García como médico personal, cargo en el que llevaba desde 1937. Carmen Polo, la mujer de Franco, consoló al despedido: “Vicente, médicos hay muchos y yernos hay uno solo”. El nuevo jefe de los servicios, el doctor Vicente Pozuelo, se preocupó por levantarle la moral al dictador: le ponía grabaciones de las marchas militares de la Legión Española. “La primera vez que escuchó Soy valiente y leal legionario, los ojos de Franco brillaron y comenzó a sonreir”, recordó. Pero no solo era Parkinson. Las enfermedades se acumulaban.
Su último acto político fue ratificar las sentencias de muerte a fines de agosto: dos dictadas en Burgos, una tercera en Barcelona y ocho más en Madrid a miembros de las FRAP. Hubo una ola mundial de protestas, retiro de embajadores y pedidos de clemencia del papa Paulo VI. Franco desatendió todo. El 1 de octubre, Franco apareció ante una multitud en el palacio de Oriente. Así describió Preston
“Era el 39° aniversario de la subida a la jefatura del Estado. Franco apareció ante una enorme multitud concentrada ante el Palacio de Oriente. Los autobuses habían llevado a Madrid a representantes del Movimiento de toda España (…) En su última aparición pública, el Caudillo, disminuido y encorvado, tenía evidentes dificultades para respirar mientras emitía con voz apagada los paranoicos tópicos de siempre. El problema de España se debía, dijo ‘a una conspiración masónica-izquierdista de la clase política´. Se despidió de la multitud llorando y con ambos brazos alzados. La exposición a los cortantes vientos otoñales de Madrid provocó una sucesión de crisis en la salud de Franco y esto desencadenó la escalada de crisis médicas que desembocó en su muerte 51 días después”.
Vendrían la transición, el florecimiento cultural, la expansión económica. Pero en aquellos días finales de Franco todavía era apropiada la canción de Joan Manuel Serrat –uno de los exiliados del franquismo- sobre los versos de Machado de cuatro décadas antes:
Ya hay un español que quiere
Entre una España que muere
y otra España que bosteza.
ha de helarte el corazón.”
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